
Varios pasajeros caminan entre un montón de maletas y el autobús averiado, aparcado junto a Merkabugati, en Donostia.Fotos: javi colmenero
Donostia. "Hemos pasado la noche aquí, bajo la lluvia y admirando la vista (hacia la N-I). La gente tenía frío". Younes El Hachimi ironiza sobre su situación. Está cansado, lleva más de un día (desde el jueves al mediodía) tirado junto con otros 47 marroquíes, un montón de maletas, y un autobús averiado en un aparcamiento de Zubieta (Donostia), al lado de Merkabugati.
Deberían haber llegado ya a Tiznit, una ciudad situada al sur de Marruecos. Era su destino cuando el miércoles, sobre las 12.00 horas, salieron de Bruselas (Bélgica) para pasar sus vacaciones en su país natal. Pero, primero una avería, y luego la desidia de la compañía que les vendió el viaje, les ha obligado, no sólo a retrasar su llegada, sino también a pasar una noche bajo la intemperie.
La explanada del aparcamiento les ha servido de improvisado comedor, dormitorio y salón de recreo. Incluso de patio para los más pequeños, unos siete niños que también viajaban en el autobús y que ahora se entretienen pasándose el balón.
"El autobús empezó a averiarse en Francia (el jueves). Paró cuatro veces siempre con lo mismo. La última fue cerca de aquí, en una pendiente. El motor empezó a echar un humo blanco. Vino la policía e intentó enfriarlo. Lo consiguieron y nos dijeron que viniéramos hasta aquí", explica El Hachimi, quien se ha erigido como portavoz de los pasajeros. "Ayer (por el jueves), ya llevábamos acumuladas catorce horas de retraso en el viaje cuando llegamos a San Sebastián", añade. Pero a la avería, además, se sumó que el autobús no tenía permiso para circular por el Estado español, así que la Ertzain-tza le impuso una multa de más de 4.000 euros y lo inmovilizó.
Así, estos pasajeros, entre los que hay jóvenes, niños y ancianos, incluso una mujer de edad avanzada con silla de ruedas, se vieron sin ton ni son aparcados en un polígono a la espera de que la empresa belga (con una filial en Marruecos) propietaria del autobús, les diera una solución. Finalmente, apareció un vehículo de una entidad valenciana con la que la empresa había negociado. Pero había un problema. "Era demasiado pequeño para llevar todo el equipaje. Muchos viajan con un montón de maletas que por nada del mundo quieren dejar", explica El Hachimi.
Para reforzar su argumento muestra el interior del autobús. En la primera planta sólo hay maletas. En la segunda viajan los pasajeros, aunque en las últimas filas se acumulan bolsas de plástico que forman unas peligrosas pilas inestables. "Cuando yo subí, creía que no había sitio", afirma este joven, que embarcó en Lille (Francia).
Junto con otros, convenció al resto de pasaje de que abandonaran parte de su equipaje para poder proseguir el trayecto en el nuevo autobús. Pero cuando lo consiguió, se llevó una desagradable sorpresa. Los chóferes se daban la vuelta, al tiempo que se negaban a llevarlos. Un nuevo contratiempo: la agencia no les había pagado.
Resignados, pasaron la noche como pudieron. Los más frágiles, dentro del autobús. El resto, en la calle "bajo la lluvia". "Como en los campos de concentración. Era para verlo", afirma El Hachimi. Al menos, recibieron víveres básicos que les aportó el Servicio Foral de Urgencias Sociales. Agua, frutas, lácteos para los niños, etcétera.
Así pasaron la noche y, con el nuevo día, la esperanza se transforma en dos nombres. Un joven del Consulado de Marruecos en Burgos, Salah Edine, y Lachen Ibiki, de la Asociación Mezquita Al Mohsenin, que actúa como intermediario entre la institución y los pasajeros. Este último reconoce que no es tan extraño. "Claro, son compañías que ofertan viajes más baratos -les ha costado 170 euros el billete de ida- y luego, no tienen ni seguro, ni asistencia, ni nada", denuncia.
Con la colaboración del consulado, han conseguido contratar un nuevo autobús, pero viene desde Granada. "Espero que sea así", comenta incrédulo El Hachimi. Se retrasa un poco. Finalmente, parten a la medianoche.
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