
D ICE el refrán castellano que el cántaro de tanto ir a la fuente se rompe. Es lo mismo que le ha pasado a Porcelanas Bidasoa que ha roto la vajilla no por no usarla, sino por tratar de llevarla tantas veces a la misma fuente para la que no estaba diseñada que al final se ha hecho añicos.
El cierre de Porcelanas Bidasoa es la crónica de una muerte anunciada y consentida por parte de las distintas administraciones concernidas en el devenir de esta empresa, que no han visto que detrás de una actividad industrial había una larga historia del buen hacer, hasta el punto de colocar a una marca como símbolo de prestigio y distinción, de convertir a algo tan frágil como un plato en una referencia de calidad, cuando nadie sabía que era eso de los ISO, y, por último, en un símbolo cultural donde la porcelana sirve también como herramienta de expresión artística.
Todo esto se nos vino abajo el pasado jueves cuando la actual dirección de Porcelanas Bidasoa comunicó a sus 47 trabajadores el cierre de la empresa, ante las dificultades de poder continuar con el negocio.
En el medio se encuentra la construcción de 400 viviendas en los actuales terrenos de Porcelanas Bidasoa, que están incluidas en la modificación del Plan General de Irun realizada en febrero de 2008, como consecuencia del convenio suscrito con el ayuntamiento irundarra. El objeto de esta recalificación era que la empresa pudiera tener recursos para saldar sus deudas, construir unas nuevas instalaciones en el cercano polígono de Araso y seguir con la actividad industrial y el mantenimiento de cien puestos de trabajo.
Hasta ahora nadie ha abierto la boca en una operación que recuerda a muchas de las que se han producido en las últimas décadas en el territorio guipuzcoano, algunas de ellas y bien sonadas, precisamente en Irun, en donde los terrenos ocupados por una empresa en dificultades se recalificaban para construir viviendas con el fin de saldar las deudas contraídas, sin que la compañía que se trataba de salvar tuviera continuidad.
Por eso, estoy esperando, a pesar de que sean sanmarciales, a que el alcalde de Irun, José Antonio Santano, dé alguna explicación sobre una operación que al final ha concluido con el cierre de una empresa emblemática guipuzcoana y un aumento en 47 trabajadores más en la lista del paro en nuestro territorio.
Desde el momento en que los antiguos propietarios de Porcelanas Bidasoa tuvieron que vender hace algo más de cinco años por "un euro" la compañía, debido a la deuda que tenían con la Hacienda Foral y la Seguridad Social, el futuro de la empresa ha estado siempre en función de unos terrenos que ofrecen un gran aprovechamiento residencial.
Poco ha importado saber si detrás de Porcelanas Bidasoa había un bien cultural que preservar y si se podía haber impulsado una actividad, que tiene mucho que ver con la artesanal, para que no desaparezca y, al igual que otros lugares como Limoges y Sevilla, que siguen fabricando porcelana, ser objeto de una tradición que podía haber continuando siendo una referencia de culto y sinónimo de distinción.
Estoy seguro de que si Porcelanas Bidasoa hubiera estado ubicada más allá de la muga, las vajillas con la marca del laurel cruzado hubieran sido objeto de deseo.
Algún responsable de Cultura de una administración cercana también deberá decir qué ha pasado con el museo de piezas únicas que albergaba Porcelanas Bidasoa y que fue donado a la institución como parte del pago de las deudas que la empresa tenía con la Hacienda Foral. Un legado cultural e histórico que a día de hoy nadie sabe donde está.
La innovación no sólo es descubrir nuevas actividades económicas para hacer frente a la globalidad del mercado, sino también es buscar soluciones para conservar empresas que también forman parte de nuestro legado industrial y cultural, mediante la entrada en un nicho de mercado de alta gama o lujo que ofrece grandes posibilidades ahora y también en el futuro. Y, si no, que se lo pregunten a los franceses. En este caso, el Made in Euskadi se inventó hace ya 75 años.
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