
Bottecchia, jaleado por varios aficionados en uno de los Tours que ganó.
TAL día como hoy, en 1927, Ottavio Bottecchia, primer italiano ganador del Tour de Francia (1924 y 1925), murió en un hospital de Gemona (Udine, Friuli Venecia, Italia) tras doce días de pelea con la muerte. Tenía 32 años y el cráneo roto. Su sueño eterno silenció para siempre la razón por la que el 3 de junio yacía inconsciente en un viñedo, en medio de un cerco de sangre, a doce metros de su bicicleta. Lo descubrieron, entre unas viñas, dos campesinos.
Según el parte médico, sufrió la fractura de la base craneal y de la clavícula derecha, así como unas rozaduras en el codo derecho. La investigación determinó que se cayó víctima de una insolación, una versión que aceptó su familia para poder cobrar el seguro. Esa hipótesis, en cambio, la desbaratan la temperatura aún fresca de aquella mañana y el hecho que su bicicleta, ni siquiera los pedales, el sillín o el manillar, que son los primeros que se marcan en caso de accidente, tenían el más mínimo rasguño. Sin embargo, la opción del asesinato siempre estuvo latente, aunque con dos móviles: la improbable posibilidad de que Bottecchia estuviera robando las uvas y, quizá más factible, las represalias por sus críticas constantes al dictador Mussolini.
Albañil antes que ciclista Como denota su nombre, Ottavio fue el octavo hijo de Francesco y Elena. Molinero él y campesina ella. Una humilde familia de finales del siglo XIX en San Martino di Colle Umberto (Treviso), en la zona montañosa del Friuli. Su padre debió emigrar a Alemania para tratar de dar de comer a ocho bocas, y Ottavio, como sus hermanos, debió trabajar muy joven: en el campo, remendando zapatos, cortando árboles para abrir carreteras... Toda contribución a la economía familiar era necesaria para que regresara el patriarca.
El ciclismo no existió para Ottavio hasta que en 1914, en los albores de la Primera Guerra Mundial, se alistó en el ejército italiano integrando el cuerpo de infantería de los Bersaglieri , cuyos soldados se desplazaban en bicicleta.
Vivió la batalla de Caporetto, donde Italia sufrió una de sus derrotas más sangrientas y donde Ottavio recuperó su vida civil construyendo caminos en una zona devastada. Descolgarse el fusil Carcano M91 y fijarse un dorsal fue el paso natural a la destreza que adquirió en el frente austro-italiano.
Analfabeto -"de niño, en invierno iba a la escuela y en verano trabajaba, pero sólo estudié dos inviernos", afirmó en una entrevista-, la necesidad le llevó a Francia. Como albañil en Clarmont-Ferrand, en el centro del país, donde en 1889 se había fundado una fábrica de neumáticos con el nombre de Michelin.
Ottavio se casó con Catherine, y en 1920 retornó a Italia y comenzó a ganar carreras amateurs: Giro del Piave, el de Friuli... Entonces ya comenzó a ser conocido como "el albañil del Friuli". Pese a sus buenas actuaciones, ningún equipo profesional se interesó por él.
La vida le dio un duro revés, cuando su hija murió con siete meses víctima de difteria, y en 1922, sin dinero para costearse los gastos y ya con 28 años, se apretaba a colgar la bici y aferrarse a la paleta, cuando, a través de un amigo común, recibió la ayuda de Luigi Ganna, ex ganador del Giro de Italia y empresario de bicicletas. Con una de sus máquinas, pero como isolato (independiente), Ottavio fue quinto en el Giro de 1923 y despertó la atención de la figura francesa Henri Pélissier, que lo reclutó para su escuadra, el Automoto galo. Semanas después, el veterano neoprofesional italiano se destapó en las montañas del Tour de Francia. Llegó a ser líder, pero se sacrificó para ayudar a su jefe de filas, el hombre que le había brindado la oportunidad de ser profesional y a quien acabaría escoltando en el podio final.
Pese a su gran Tour, seguía sin ser valorado en Italia, donde se mostraba inferior a los Girardengo, Belloni, Brunero... En 1924, sin embargo, se convirtió en el primer ciclista que ganaba el Tour siendo líder desde el primer al último día. Entonces ya era popular en Italia, pero casi más por sus proclamas antifascistas, que siguieron durante el régimen de Mussolini, quien, por ello, le prohibía disputar el Giro. En 1925 repitió victoria en la Grande Boucle con casi una hora de ventaja. Era un ídolo en Francia, mientras en Italia era alabado por los detractores del Duce y odiado por los fascistas, lo que le generó varias amenazas.
En 1926, comenzó a comercializar bicicletas con su nombre y logró su último éxito internacional en Pamplona, donde ganó la segunda etapa de la Vuelta al País Vasco, en la que finalizó segundo en la general tras el luxemburgués Nicolas Frantz.
En el Tour, se hundió en una etapa dantesca. No lo correría más. Al año siguiente, escasos días después de que falleciera en accidente su hermano Juan, también ciclista, Ottavio salió a entrenar el 3 de junio. Se sabe que pasó por casa de su buen amigo Picci -quien había enseñado a leer al analfabeto albañil que ganó el Tour-. Su fiel compañero de entrenamientos, no podía salir a entrenar por motivo laboral, por lo que aquella mañana Bottecchia pedaleó solo.
La última pedalada la dio junto a un viñedo, en el que fue descubierto inconsciente. Su agonía duró doce días. Los médicos y la investigación policial estimaron que Ottavio se cayó al sufrir una insolación, pese a que en el momento del fatal percance el sol aún no había cobrado su fulgor. La familia no quiso ahondar en la investigación para cobrar el seguro y quién sabe si para no molestar al dictador Mussolini.
Su extraña y trágica muerte tendría aún un nuevo capítulo que azuzó más si cabe el misterio. Sucedió dos décadas después, cuando el dueño de aquel viñedo de muerte, en su lecho final, confesó a un cura su asesinato a pedradas, al parecer sin ánimo de acabar con su vida, porque Bottecchia comía sus uvas. Este móvil, que el sacerdote no desveló hasta que el viticultor falleció, se sostiene sólo si se ignora que ese fruto madura a finales del verano y no a primeros de junio. Por ello, aún hoy, la razón de por qué murió Bottecchia la guardan las uvas en secreto.
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