
Tullio Campagnolo, en una imagen de la época.
EL invierno se había adelantado aquel 11 de noviembre de 1927. Llovía, y la región del Veneto tiritaba. En la salida del Gran Premio della Vittoria, destacan los nombres de Domenico Piemontesi, Alfredo Binda, Costante Girardengo... Cobijado de la lluvia, anónimo bajo su maillot de independiente, Tullio Campagnolo (Vicenza, 1901-1983) se emocionaba ante tanta figura reunida en una carrera de su región. "Hoy debo hacer algo destacado", pensó.
Ya en los primeros kilómetros, su ansia por vivir un día de gloria catapultó al modesto Campagnolo. Casi de inicio, se metió en una fuga junto a Piemontesi, Raffaele di Paco y Federico Gay. El primero de ellos subiría después dos veces al podio del Giro. Gay había sido segundo en la edición de 1924.
La lluvia arreciaba y la temperatura era cada vez más gélida, pero debía de ser el día de Tullio. Ni el frío ni el Croce d'Aune (1.020 m., 8,5 km. al 8%) le podían aguar su espacio para la gesta. Las crónicas, incluso, hablan de que tenía un día lúcido. Llevaba buenas piernas.
Feltre quedó atrás, y el anónimo protagonista pedaleaba aterido por una carretera que iba ganando ligeramente altura hacia la llanura de Sovramonte, en la zona dolomítica de la provincia de Belluno. Su corazón palpitaba con fuerza conforme sentía cada vez más cerca los tambores de guerra del Croce d'Aune.
De pronto, el firme, descarnado, como correspondía a la época, se empinó de forma abrupta. Eran las temidas rampas. Tullio, como sus compañeros de fuga, echó pie a tierra, no víctima de la fatiga ni de los copos de nieve que agudizaban el sufrimiento, sino en un gesto mecánico que los corredores debían afrontar siempre a pie de un coloso.
Entonces, las bicicletas no sólo eran ajenas al ligero carbono actual sino incluso al cambio. La rueda trasera tenía un piñón a cada lado. Uno para el llano y las bajadas, y otro para escalar. Lógicamente, la única forma de variar el desarrollo era soltando la rueda y dándole la vuelta.
Tullio Campagnolo se aprestaba a realizar esa operación, en teoría muy simple. Asió las mariposas, trató de aflojarlas, pero el frío había insensibilizado sus manos. Las tenía inútiles. Porfió en su intento. Se desesperó, hasta que las tuercas giraron. Puso el piñón para escalar, pero sus compañeros de fuga ya habían puesto pies en polvorosa, y con ellos se fue la gloria que esperaba alcanzar Tullio. En la meta, se conformó con el cuarto puesto.
En lugar de maldecir su mala suerte, pensó en idear un mecanismo que permitiera soltar la rueda con facilidad. Tres años después, patentó el cierre rápido sobre el buje de las ruedas, similar al actual, bajo el nombre "Ruotismo per ciclismo". Después vendrían otras 152 patentes.
Su talante innovador le llevó a seguir pensando en cómo mejorar la bicicleta en beneficio de la comodidad del ciclista. Desde aquel día bajo la nieve dolomítica, el vicentino sabía que debía inventar un artilugio que permitiera cambiar de piñón sin tener que bajarse del velocípedo de hierro ni soltar la rueda. Y así surgió el cambio de varilla.
133 trabajadores en 1950
El imperio Campagnolo
Su invento, sin embargo, levantó cierta controversia entre los puristas. Algo así como la polémica suscitada a raíz del bañador mágico que ha borrado casi todos los registros de las tablas de récords o los difusores en la Fórmula 1. Uno de los más críticos fue Henri Desgrange, ideador del Tour de Francia. El francés era de la opinión que los puertos debían subirse sin más impulso que el de las propias piernas; las ayudas mecánicas desvirtuaban la competición. Pero Tullio patentó el cambio.
En 1933, fundó su taller en Vicenza, por donde fueron pasando los grandes campeones de la época. Todos querían sus productos. En 1940 contrató su primer ayudante, y en 1950 la empresa ya tenía 123 trabajadores. Había nacido el imperio de Campagnolo, la fábrica de componentes que ha marcado época en el ciclismo.
En 2008, Campagnolo, que ahora dirige Valentino Campagnolo, invitó a Eddy Merckx y Miguel Indurain a Feltre, donde la firma italiana presentó mundialmente su innovador grupo para casetes de 11 coronas. El programa de actividades incluía la ascensión, con bicicletas con 11 piñones, al Croce d'Aune, en cuya cima, en 1995, se erigió un monumento en memoria de Tullio. Ayer, en el Giro, Francesco Bellotti coronó primero el alto en el que otro italiano perdió una carrera pero inició la revolución de la bicicleta.
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