
Xabier Lete y Jabier Muguruza durante un momento del encuentro mantenido en Irun. fotos. ruben plaza
Un encuentro con Xabier Lete es siempre, en mi caso, una circunstancia especial. Desde los tiempos en que tuve la fortuna de acompañarle en directo como músico es para mí alguien entrañable, además de un referente en diversos aspectos. Fue uno de los personajes que, como diría Borges, "me tuvieron en cuenta en los comienzos", y eso queda grabado en el recuerdo; una de esas contadas personas que hicieron que me acercara, con creciente pasión, a la lengua y cultura vascas.
Para mí es siempre estimulador compartir su charla honda y apasionada.
Me gustaría empezar hablando de Oiartzun, donde naciste en el año 44. ¿Qué recuerdo guardas de tu localidad natal?
Oiartzun era entonces un pueblo de alrededor de 5.000 habitantes, prácticamente los mismos que había tenido dos siglos antes, y con un fuerte componente rural. Entonces, hablamos de una localidad que estaba como inmovilizada en el tiempo, pero, curiosa y paradójicamente, situada entre Donostia e Irun, lo que hacía que hubiese una necesidad de la gente de proyectarse a esas dos ciudades.
¿Cómo era la vida allí?
Bueno, Oiartzun tenía un aspecto, una forma de mostrarse, muy estática, parecía que no había sucedido nunca nada, pero realmente había un recuerdo muy traumático de la Guerra Civil. Cuando entraron los insurrectos, fusilaron a 24 personas y eso dejó en la gente un poso profundo. Fíjate que los fusilaron sólo por su significación política, por ser nacionalistas vascos. Eso tan terrible ocurrió en los primeros días de la guerra y es un recuerdo que yo recibí por transmisión oral y que me traumatizó mucho.
¿Qué más aspectos de la vida local recuerdas?
Pues recuerdo que no había ricos, sólo pobres, y algunos, pobres de solemnidad. También recuerdo la incomodidad de la vida; las condiciones eran entonces muy precarias, sin los adelantos de ahora, y, por ejemplo, en el largo invierno hacía un frío tremendo en todas partes: en las casas, en la iglesia, en la calle, en el autobús... ¡Pero un frío del carajo! (nos reímos) Era una sensación de incomodidad extrema la que te provocaba. El único lugar donde te podías guarecer del frío era en las tabernas del pueblo.
Veo que te afectaba mucho.
Es que a mí el frío me provoca, además de incomodidad, una especie de paralización mental y anímica; una especie de impotencia ante los actos más triviales que hay que realizar en la vida.
De los tiempos en que te acompañaba con el acordeón, recuerdo que al presentar las canciones solías decir que te gustaría que hubiese otra vida, sobre todo para poder reencontrarte con la gente a la que habías querido en ésta, y citabas siempre a tu padre. ¿Tan importante fue para ti?
Mi padre era un hombre discreto. Fue a la guerra con 27 años, luchó en el bando republicano, a favor, como solía decir él, "de la dignidad y de la legalidad republicana". Le hicieron prisionero en Bilbao y estuvo en la cárcel, primero en Vitoria y luego en Puerto de Santa María. A la vuelta, conoció a mi madre y se casaron. Era, además, ordenado, conocedor de su estatus. Sabía bien que durante la semana tenía que trabajar duramente por la familia -era moldeador de fundición en Victorio Luzuriaga-. Luego, los domingos le gustaba ir al monte; iba a misa de siete, desayunaba y se pasaba cuatro o cinco horas en el monte. Esa era su expansión, y decía que le gustaba mucho más desde que había estado en la cárcel.
Necesitaba espacios abiertos...
Sí, y decía que sobre todo tras haber vivido la masificación en el penal de Puerto de Santa María. Cuando salió tuvo la necesidad de espacios libres, de aire y de expansión, y su expansión era el monte, los montes cercanos de Oiartzun.
¿Algún otro rasgo de él?
Era un hombre que tenía un sentido del humor muy particular y una ironía que normalmente llevaba escondida, pero que cuando quería, afloraba. Aquella ironía a mí me divertía mucho (sonríe). Recuerdo a mi padre contando los episodios de su vida sin hacer mucho énfasis, sin hacer subrayados, y con una visión de la existencia basada en el trabajo, la discreción y la decencia. Para él había que ser, sobre todo, una persona decente.
¿Qué quería decir con "decente"?
Decente quería decir ser responsable en la vida familiar y en el trabajo, y no causar el mal a nadie. Lo cierto es que fui teniendo una relación verbalizada con mi padre ya a partir de los veintitantos años, cuando Lurdes y yo nos casamos, porque antes, hablar con él no era fácil. A partir de ahí, la relación fue de mucha comunicación y proximidad. Además, él no lo decía pero se sentía orgulloso de que yo fuera poeta y cantante. Bueno, fui un fracaso en su proyecto de formación técnica -quería que yo fuese perito industrial- (sonríe), pero cuando vio que por otros caminos iba destacando un poco... eso le enorgullecía, aunque no lo dijera.
No lo decía pero te lo transmitía...
Sí, sí, me lo transmitía en forma de respeto. A partir de cierta edad éramos interlocutores, y cuando yo hablaba de cosas que él no sabía, me escuchaba y atendía. La relación llegó a ser muy estrecha... Y luego, cuando murió, sentí una gran pérdida; me decía a mí mismo: "Qué pena que se haya muerto, que eso sea ya irreversible, y que no tengamos otra oportunidad de volver a vernos para hablar más, para poder estar más". Por eso, tú sabes bien que yo solía decir en los kantaldis que aspiraba al reencuentro.
En tu último libro dices "Nere aitaz oroitzen naiz... / ...nola apalki lo-tzen zitzaion bizitzari / jakinik azkenean irabazi / ez duela nehork irabazten" ("Recuerdo a mi padre / entregado humildemente a la vida / sabedor de que finalmente / no hay vencedores en ella").
Había una cosa muy curiosa y muy sabia en mi padre que a mí siempre me ha llamado la atención: habiendo perdido la guerra, tenía la conciencia, la creencia, de que realmente en la guerra no había habido vencedores. Y esa idea que recojo en el poema de que no hay vencedores sin permiso del vencido es realmente de mi padre, y a mí siempre me gustó.
Te he oído hablar menos de tu madre...
La relación con mi madre era distinta. Ella era la que ejercía de portavoz de la autoridad familiar; se hablaba con mi madre de la escuela, de cómo vestirse, de cómo actuar en sociedad... de todo. Entonces, ha sido desde siempre una relación muy verbalizada, enriquecedora, pero, lógicamente, también problemática, porque cuando entras en interlocución surgen las discrepancias, y discutes. En los últimos años, en cambio, viéndonos yo enfermo y ella mayor, se ha producido una aproximación afectiva... Hemos llegado a una reconciliación y a un afloramiento de la ternura.
¿Cuáles fueron vuestras diversiones de los primeros años?
Oiartzun era un pueblo apacible y tranquilo, no había prácticamente tráfico, y tenía una cosa encantadora para los niños y adolescentes: todo el pueblo era un territorio de juegos y andanzas, todo era nuestro, sin restricciones. Claro, no había restricciones porque no había peligro y porque en aquel tiempo el lugar natural de ocio era la calle. Jugábamos a fútbol, a pelota y a todo tipo de juegos, con tendencia a ir hacia los barrios. Era una relación, con la naturaleza y el paisaje, muy directa y magnífica.
Has dicho alguna vez que tus vivencias religiosas en la infancia fueron traumáticas.
Tengo distintos tipos de recuerdos. Los de Oiartzun, son buenos: las ceremonias en la Iglesia, las procesiones... Además, se impartía la palabra en euskera y eso para mí era muy enriquecedor.
Otro euskera...
Sí, el de casa era coloquial, pero en la iglesia, a través de la homilía, las predicaciones... Recibí una literatura oral muy enriquecedora. Había una parte estéticamente hermosa, de ceremonialidad, de música... Y esa parte de la religión yo la viví gozosamente. Lo que viví como algo horroroso fue lo que me tocó entre los ocho y los catorce años, cuando me enviaron a un colegio religioso. La vivencia fue traumática.
En San Sebastián...
Sí, en un barrio de San Sebastián. No voy a citar el colegio, pero tengo un recuerdo pavoroso de esos años. Te castigaban, te pegaban... y sobre todo te humillaban. Te humillaban de diversas formas: detectaban tus debilidades y te sometían absolutamente a su autoridad. Estábamos desamparados... La situación era muy angustiosa porque ante esa perpetración de abusos no tenías protección de ningún tipo. La misma familia tendía a dar la razón a la autoridad escolar. Entonces yo me sentí muy roto y muy aplastado. Tras vivir esa experiencia surgió el primer brote de rebeldía en mí y el cuestionamiento de todo aquello.
Me gustaría saber cómo te acercaste a la literatura.
Pues a los catorce años empecé el bachillerato, un bachillerato tardío, y tuve un profesor salmantino, que acaba de fallecer, al que yo quería mucho: Ricardo Moreno Moneo. Este hombre impartía literatura y me inculcó el amor por ella. Empecé a leer a Pérez Galdós, a Unamuno, a Pío Baroja...
¿Qué fuiste encontrando en esos libros?
Otro mundo. Otro mundo de personajes, de situaciones, distintas formas de pensar... y otros escenarios donde ocurrían cosas diferentes. En el mundo barojiano, por ejemplo, encontré algo que me conmovía mucho. En Unamuno me topé con la reflexión sobre temas religiosos, existenciales... Más tarde, estudiando en Tarragona, empecé a acudir a la biblioteca, y me acerqué a la filosofía. Luego, fui comprando libros sobre el existencialismo, que me atrajo mucho: Camus, Sartre, Simone de Beauvoir... Y los cristianos humanistas franceses: Mauriac, Maritain...
Tengo entendido que prácticamente empezaste a cantar por casualidad, empujado por las circunstancias.
Sí, yo ya conocía a Lurdes Iriondo y a Julen Lekuona, que era amigo, y cuando se empezó a constituir el grupo Ez dok Amairu me invitaron a acudir a las reuniones. Pregunté que para qué: no era músico, no sabía tocar ningún instrumento, tenía mala voz... pero insistieron en que necesitaban gente que escribiera poesía, y en el 66 Lurdes me animó mucho a que cantara con mi precaria guitarra la media docena de canciones que escogí de aquí y de allá.
Quisiera que habláramos un poco más sobre la experiencia en el colectivo Ez Dok Amairu. Más de una vez te he oído comentar que con el tiempo se ha tendido a idealizar un poco todo aquello...
Bueno, fue un grupo interesante, que en un momento de gran necesidad hizo un trabajo de aproximarse a la canción popular vasca y de traer nuevas canciones, con nuevas temáticas y melodías. Aquello impactó y creo que realizamos una tarea cultural y social de importancia. Yo eso lo reconozco y además estoy contento de haber participado, pero, por otra parte, Ez Dok Amairu tenía grandes carencias, de las que no se habla. Carencias, por ejemplo, de orden musical. Yo echaba en falta, cada vez más, músicos, compositores... Porque con una guitarra precaria no se pueden hacer maravillas. Yo creo que Ez Dok Amairu, en ese aspecto, no supo recabar el apoyo de gente preparada. Ahora, pasados casi 45 años, creo que es una crítica necesaria.
En el año 1978 dejas el circuito de la canción, creo que harto de lo que veías y de lo que te ocurría en directo.
Los años de la Transición, para el mundo de la canción en euskera, fueron muy malos. Si el artista hasta entonces había tenido poca autonomía, a partir de ese momento la pierde toda, y se convierte en un cero a la izquierda. El cantautor no era más que una excusa para que la gente acudiera a los recitales a gritar sus proclamas y consignas. A mí me molestaba muchísimo y alguna vez me revolví y hablé desde el micrófono, y a varios compañeros no les gustó. Yo entonces les dije que ahí no tenía nada que hacer y decidí retirarme.
Creo que en tu vuelta a los escenarios fue relevante la figura de Antton Valverde.
Sí, volví en los 90 de la mano de Antton. Me animó, diciendo que yo le aportaba ciertas cosas; hombre, también él me aportaba cosas... Me aportaba musicalidad. Y bueno, al comenzar a cantar juntos decidimos recabar el apoyo de músicos, y, como sabes, ahí entrasteis Karlos Jimenez y tú en primera instancia y más tarde Txema Garces, Pascal Gaigne... Yo en esa etapa me sentí mucho más arropado, muy enriquecido musicalmente, y me di cuenta de que los recitales podían ser otra cosa.
Recuerdo tu gusto por Jacques Brel, gusto que yo calificaría de auténtica pasión.
(Sonríe) Yo tenía un amigo de Oiar-tzun, que, como su padre era de Iparralde, y había mantenido la nacionalidad francesa, hizo la mili en Francia. Ese amigo de infancia, que ha muerto hace poco, Jean Paul Arregi, volvió de allí contando maravillas sobre cantautores franceses, y uno de ellos era Brel. Trajo discos y me los pasó y a mçi me fascinó. Brel me gusta porque tiene una gran humanidad, y porque había en él una reivindicación, que yo suscribo, de la tendresse , de la ternura.
Me llama la atención tu énfasis en que la poesía proclama que la vida es una constante pérdida: la juventud, la salud, la propia vida... Yo pienso que en la vida hay grandes pérdidas, sin duda, pero también conquistas y logros, y que la poesía puede versar sobre los dos...
Es verdad que la poesía a lo largo de la historia ha sido algo muy complejo, y que no se puede decir "la poesía se ciñe a esto" o "su único objetivo ha sido la pérdida o el dolor". Por supuesto que en la poesía puede haber luz y amor... y positividad, pero en la que a mí más me conmueve suele haber oscuridad y dolor. En Baudelaire hay oscuridad y en Rilke y en Espriu... Fue con Espriu con quien me alejé de la poesía social y pasé a otras reflexiones: la muerte, la enfermedad, las carencias, la pérdida. Sí, la vida para mí es pérdida, y la poesía que yo he escrito en los últimos tiempos trata de ser una meditación sobre esa pérdida. Luego, en mi caso, a la pérdida de los seres queridos van asociados dos sentimientos muy profundos: la pena y la culpa. Te sientes culpable de tus mezquindades, de tus deslealtades, de haber causado dolor a las personas a las que querías y te quisieron. Ese es mi mundo, Jabier, ya sé que no es un mundo gozoso y exultante, pero esa es mi percepción de la poesía.
De todas formas, tú mismo reconoces que desde joven has sido pesimista.
Bueno, ya en la infancia tenía miedos: miedo a la oscuridad, a la noche, miedo al sufrimiento... Una vez contemplé algo que me dejó traumatizado: un joven que volvía en bici del trabajo de Renteria a Oiartzun fue atropellado por el autobús de línea. No había entonces ni ambulancias ni servicios ni nada. Y recuerdo cómo lo trajeron al pueblo, a casa del médico, gimiendo, ensangrentado... Yo vi aquello y me quedé aterrorizado. Luego, en la adolescencia, sufrí bastante, y empecé a mirar la vida con una visión pesimista. Con los años, he ido reflexionando y la verdad es que no me he liberado de esa visión: al contrario, la ratifico. No creía de joven y sigo sin creer en las proclamas positivistas sobre la vida y la condición humana.
He podido comprobar que la gente te ve como a alguien serio y solemne. Sin embargo, te he conocido, a menudo, recurriendo al humor. Me viene a la cabeza una escena: estábamos dando un concierto en el frontón Madalensoro de tu pueblo, empezaste a contar una anécdota... y yo nunca he visto al público, ni en una representación cómica, reírse de aquella manera. La gente se retorcía literalmente en los asientos (nos reímos).
Yo sigo teniendo sentido del humor. De joven, aunque tenía un lado muy oscuro, tenía otro risueño, extrovertido, casi gamberro... Diríamos que tenía una cierta tendencia rabelesiana. Luego, con los años, se introdujo en mí una sospecha: la de si dedicarse tanto a la ironía, al sarcasmo, caricaturizando todo, riéndonos de nosotros mismos y de la gente... Al final, no lleva a una desvirtuación del respeto que nos debemos y que debemos a los demás. Es decir, si todo es reducible a un juicio sarcástico -aunque sea muy divertido, muy agudo-, al final ¿con qué te quedas? Con una caricatura de la existencia y de la realidad. Mira, a partir de un cierto momento en la vida, ves a la gente luchando por sus cosas, por su trabajo, por su familia, por su dignidad... Y al final te reconcilias con la humanidad a través del respeto.
En cierta ocasión me dijiste que te gustaría volver a encontrarte con Lluis Llach para poder preguntarle a qué se refería cuando cantaba aquello de "no era això, Companys, no era això"; que a gusto le preguntarías "Pero Lluis, ¿que era això?"
(Comienza a cantar la canción) Sí, siempre me quedaba con las ganas de preguntarle: "Oye, Lluis, ¿això qué era? ¿me lo puedes explicar?" Imagino que me respondería "aixó era una sociedad más justa, con más libertad, eran las esperanzas que se han frustrado, que se han roto y tal". Creo que me respondería algo así, pero yo le diría: "¿Era eso en realidad o más bien una especie de accesis a través de la ideología a un mundo utópicamente más justo?"
No eres muy amigo de las utopías.
No, nada, ¿sabes por qué? Porque, en primer lugar, las utopías son irrealizables y porque han sido históricamente la gran coartada de los criminales. Además, creo que no hace falta ninguna utopía para luchar por mejorar la condición humana. Sólo hacen falta objetivos de dignidad y una cierta "ingeniería social".
En el 85 empezaron los problemas de salud. Más de una vez has comentado al respecto, que las personas enfermas viven, de alguna forma, en otro mundo; que conforman otra realidad, con otros valores, otros puntos de vista...
Una persona enferma es alguien llevado a otro territorio, al territorio de la inseguridad física, de la inseguridad psíquica y de la incertidumbre absoluta sobre su futuro. Una vez una amiga me dijo: "Cuando hablo contigo siempre tengo la impresión de que estás más allá, al otro lado...", y yo le contesté: "Eso es la enfermedad". Si has vivido la experiencia de la enfermedad en ti y en la persona que querías, ya no te puedes tomar tan en serio otras cosas.
Una vez dijiste: "Yo creo que la solidaridad, la ternura, el complementarse... son el bagaje de las parejas que han perdurado en el tiempo". Hablabas desde tu propia experiencia, supongo.
Sí, en efecto. Llamamos amor a otras muchas cosas que no lo son, o quizás sí, pero yo he llegado a la conclusión de que el amor es ese gran entendimiento, esa entrega mutua a la que se llega después de haber vivido y sufrido mucho juntos. A cierta edad, el amor es, sobre todo, solidaridad y lealtad... y ternura.
En tu último libro de poemas -que, por cierto, ha tenido una gran acogida-, hay un capítulo titulado 'Neguan izan zen' que has situado como eje central de la obra y que está escrito alrededor de la ausencia de Lurdes.
El libro lo iba escribiendo desde hacía tiempo, y tras la muerte de Lurdes empecé a considerar si sería posible dedicarle una sección importante a ella, a su memoria y a su recuerdo. Decidí que sí, y que esa sección, Neguan izan zen (Fue en invierno ), iba a dar sentido a todo el resto, iba a marcar la axialidad del libro. Y hace un año, de golpe, empezaron a surgir poemas sobre la ausencia de Lurdes y sobre lo que yo llevaba dentro, de recuerdo, de sensación de pérdida, de pena, de culpa... Además, hay una reflexión -también hay que decirlo- sobre los escenarios de nuestra felicidad, como los veranos en Navarra, los viajes a Italia, las estancias en el Mediterráneo... Eran momentos de nuestra vida donde, como decía Lurdes, nos llenábamos de luz y de imágenes de otros paisajes, momentos que nos aportaban una gran felicidad.
Creo que la música ocupa un lugar cada vez menor en tu vida. Que te gusta, pero que, al sentirte cada vez mejor en silencio, prefieres que nada en la casa lo perturbe. Sin embargo, afirmas que sin lecturas tu vida estaría vacía.
Vamos a ver, en mi vida hay un espacio fundamental, que es el de la lectura. Luego vendría la música, el cine, la pintura... Con la música tengo momentos, hay momentos en los que necesito escucharla y otros en los que necesito silencio. Leer, si puedo, leo todos los días, todas las noches, durante horas. La lectura me es necesaria, me transporta y me ayuda a elucidarme a mí mismo. "La literatura es para consolar", dijo Atxaga, y yo añado: "y para ratificarnos mutuamente". Porque encontramos muchas veces en lo que leemos algo que estaba en nuestro interior pero que no habíamos sabido expresar.
La idea de Sarrionandia en 'Izkiriaturik aurkitu ditudan ene poemak'.
Exacto. Entonces, con la música tengo una relación muy gozosa pero intermitente, pero sin libros yo no sabría qué hacer. A partir de que se hace de noche -en invierno a las cinco y media de la tarde- hasta que me duermo de madrugada, no sabría qué hacer. Ahora, también te voy a decir que los libros normalmente no me conmueven como me conmueve la música. Con ella lloro a veces como un niño; hay músicas que, cada vez más, me emocionan muchísimo. La música es, entre todas las artes, la más misteriosa y hay en ella latentes unas fuerzas y unas emociones que en las otras artes yo no encuentro. Eso lo percibió muy bien Tolstoi, cuando escribió una novela breve magnífica que se titula Sonata a Kreutzer .
Cantabas: "Euskal Herri nerea ezin zaitut maite / baina nun biziko naiz zugandik aparte..." "País Vasco, mi país, no puedo amarte / pero dónde podría vivir lejos de ti..."
Hombre, me parece una formulación retórica, pero a la vez muy real. Es que me di cuenta ya entonces de que era un país difícil de sobrellevar, pero, a la vez, tuve la intuición de que no podría vivir fuera. Ahora soy viejo, y seguiré aquí, pero he tenido años en que he solido pensar "si pudiera marcharme a otro lugar, me iría". Seguramente me habría ido, sí, pero probablemente hubiese vuelto al cabo del tiempo con una gran nostalgia. Y es que yo soy del país, yo soy abertzale -aunque el término esté absolutamente devaluado y manipulado-. El término está devaluado, pero yo sé bien qué significado real tiene, y me siento atenido a mi territorio, al paisaje, a la lengua, a sus gentes... Me siento muy próximo y responsabilizado. Otra cuestión sería hablar del nacionalismo.
¿Quieres añadir algo más, para terminar?
(Duda) Pues sí, me gustaría terminar con un agradecimiento a los médicos, enfermeras y trabajadores de la sanidad que durante años nos ayudaron a vivir. Nos cuidaron desde la profesionalidad, pero también desde el cariño generoso. A mí, aún me siguen cuidando. No hay palabras para agradecérselo.
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