
a por ellos
no pretendo exagerar si digo que Juanma Lillo es el mejor entrenador del mundo que puede tener la Real en estos momentos. No hace mucho tiempo, al principio del final, también se vivió una situación similar con José María Amorrortu. El tolosarra ha asumido el indispensable papel de pacificador en un escenario convulso y hostil, con dos bandos fácilmente identificables, y se ha hecho sin problemas con las riendas de un vestuario que está encantado con la relación de complicidad que les ha propuesto. Titulares y suplentes beben de la mano del pintoresco filósofo argentinizado , que ha convertido las otrora tediosas ruedas de prensa de Zubieta en momentos afables y hasta entretenidos.
Me hace gracia todo el debate que está generando Lillo con su sistema 3-4-3, made in Cruyff , y sobre todo cómo lo está gestionando ante la preocupación popular. Inolvidables dos machadas que ha dejado en el camino cuando dijo antes de viajar a Holanda que "allí ganaremos todos los partidos. Como son tontos y juegan con tres defensas". Y, la más grande, cuando después del partido contra Las Palmas señaló que "jugamos mucho mejor cuando arriesgamos y pasamos de jugar con tres zagueros, a dos (a cuatro Juanma, a cuatro)".
Y es que me recuerda a un entrenador que tuve cuando jugaba en las categorías inferiores del Aldapeta o del Ajax, ya no recuerdo bien, ya que visten igual. Como suele suceder en muchos equipos juveniles, la generación anterior a la mía, comandada por Iván Campo, había ascendido a la Liga de Honor, una categoría que nos venía demasiado grande a los del curso posterior. Es más, pasado el ecuador del campeonato, no habíamos puntuado. Cansado de perder, el entrenador lo dejó y subieron a su ayudante, otro romántico enamorado de Cruyff, que se ha sentado en un banquillo de Primera, lo que ha aumentado, sin duda, mi caché de ex proyecto de futbolista. Al tema. El ideólogo cambió la filosofía de nuestro supuesto juego y dispuso que jugáramos con el 3-4-3, en el que estaba prohibido dar un patadón en largo. El caso es que en el vestuario no notamos en demasía la diferencia, ya que seguimos perdiendo con goleadas estrepitosas. Eso sí, el romántico parecía bastante feliz, porque el final de muchos partidos venía encantado ya que los entrenadores rivales, cuyo equipos nos habían vapuleado, le solían comentar que era una maravilla vernos jugar y lo valientes que éramos. Sólo espero que Marcelino no le consuele con las mismas palabras a Lillo al término del encuentro de esta tarde.
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