
crítica > quincena musical 2008
ciclo auditorio
Intérpretes. Javier Perianes (piano), Coral Andra Mari, Orquesta Sinfónica de Euskadi, Andrei Boreyko (director). Programa. J. Guridi 'Plenilunio' de la ópera 'Amaya'; S. Rachmaninov 'Concierto para piano nº2 en do menor, Op. 18'; G. Holst 'Los Planetas, Op. 32'. Fecha y lugar. 01/09/08. Auditorio Kursaal. Donostia. Incidencias. Lleno. El coro cantó desde el hall del auditorio siguiendo la batuta por circuito interno. El desmedido aire acondicionado provocó numerosas toses.
La Orquesta Sinfónica de Euskadi ofreció un trabajo redondo y digno de elogio, como si estuviera calentando, ya con ganas, los motores para acometer la temporada que está ya a la vuelta de la esquina.
Lo cierto es que el sonido y la homogeneidad sonora mostrados tuvo mucho que ver con la batuta del maestro Andrei Boreyko -director cuyo nombre suena en múltiples quinielas como posible titular de la formación vasca-.
La verdad es que los músicos de Miramón tocaron con ganas, y se les notó una destreza fuera de lo ordinario, con preciosas intervenciones de violas y arpas.
Los Planetas de Gustav Holst, los siete, estuvieron extraordinarios. Ya desde el inicial Marte, el que trae la guerra se entrevieron las ganas que Boreyko tenía de obtener el máximo sonido de la orquesta.
Desde luego no se cortó en pedir volúmenes en la percusión o a los metales por poner un ejemplo -aunque en ocasiones no estuvieron muy atinadas las trompas-, en exigir redondos e intensos fraseos a las cuerdas, y resaltar atractivos efectos a arpas o celesta.
Júpiter, el que aporta la alegría sonó apoteósico mientras que cada planeta tuvo su peculiar toque sobresaliendo el impresionante Neptuno, el místico del final, donde la orquesta creó un clima extraordinario con la inclusión de la recias y seguras voces blancas de la Coral Andra Mari, que cantando fuera de la sala, desde el hall, sonaron estupendas en su breve pero comprometido cometido.
Si con Holst la cosa resultó absolutamente exitosa, durante la primera parte también resultó, aunque con algunos peros. El precioso Plenilunio de la ópera Amaya de Guridi sonó rico y lírico, pero no del todo homogéneo, mientras que con el Concierto para piano en do menor nº 2 de Rachamninov hubo un poco de todo.
La orquesta supo amoldarse al solista, nada menos que el solvente Javier Perianes, que comenzó con ganas en el Maestoso , pero perdió fuerza e intensidad en el Adagio Sostenuto .
Siempre dentro de la corrección anduvo a la zaga de la batuta del director, tanto que al inicio del tercer y último movimiento, Allegro scherzando , el concertino le dio un pequeño golpe con el arco indicándole que mirase más al director para seguirle. Realmente sorprendente.
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