
crítica > quincena musical 2008
Bohórquez, en el centro, durante el concierto.Foto: quincena musical
ciclo auditorio
Intérpretes. Claudio Bohórquez (violonchelo), Orquesta Filarmónica Checa, Manfred Honeck (director). Programa. A. Dvorak: 'Concierto para violonchelo y orquesta en si menor, Op. 104'; G. Mahler: 'Sinfonía nº 1 en Re Mayor Titán'. Fecha y lugar. 30/08/08. Auditorio del Kursaal. Donostia. Incidencias. Lleno absoluto. Mientras la orquesta ofrecía dos bises, el personal de sala tuvo que obligar a abandonar las pasarelas de acceso a quienes negándose a irse se quedaron allí de pie.
Impresionante el primero de los dos conciertos de la magnífica Orquesta Filarmónica Checa que, lejos de su preciosa sala del emblemático Rudolfinum de Praga, encandiló al público donostiarra con un conciertazo de los de quitarse el sombrero. Lo hizo gracias a varios elementos que jugaron a su favor: un programa realmente atractivo en el que poder lucirse, la presencia de un solista que supo estar a la altura de la circunstancias y la batuta de Manfred Honeck, que estuvo exquisita ante cada uno de los retos que planteaban las dos obras a ejecutar.
Que los checos interpretan a Dvorak como nadie no es nada nuevo, pero una cosa es decirlo y otra escucharlo. El Concierto para cello y orquesta en si menor Op. 104 sonó impresionante, lleno de brillo gracias a una familia de metales que desde el comienzo no hizo sino evidenciar lo que más tarde llegaría. Tras el inicial allegro, el cuerpo orquestal supo mantener su lugar ante las habilidades expresivas del chelista Claudio Bohórquez en un adagio ma non troppo, que le salió desde dentro. El alemán, de ascendencia uruguayo-peruana, mostró una solvente elegancia obteniendo unos fraseos pulidos, de magnífica destreza, mientras el sonido de metales se alternaba perfectamente con el de los chelos y contrabajos de la orquesta.
Si bueno fue el resultado en la primera parte del concierto, con la Primera SinfoníaTitán de Gustav Mahler se pasó ya a lo magnífico. Tras la introducción a pianissimo, contrastando con la fanfarria fuera del escenario, los checos mostraron un sonido limpio, redondo, uniforme, tanto que sorprendió observar a la cuerda en su conjunto, como si todos sus efectivos fuesen un solo instrumento. Lo expuesto por la cuerda estuvo a la altura del viento metal y viento madera así como contrabajos y tuba en el movimiento Solemne y medido , sin arrastrar. Impresionante, y aún así, Honeck supo seguir asombrando hasta el impetuosamente agitado final, donde tras hacer sonar a toda la trompetería pasó a un súbito piano que quedó de grabación. Mahler sonó intenso, en su justa medida, sin caer en tendencias hiper románticas a las que acostumbran últimamente algunas batutas. Buen resultado y buena acogida que motivó hasta dos bises. No todo fueron, sin embargo, luces ya que la sombra la causó un grupo de personas que se empeñó en salir precipitadamente del Auditorio. Los bises les pillaron en las pasarelas laterales a medio camino. Lejos de salir se enfrentaron al personal de sala que tiene órdenes de desalojar esas zonas mientras los artistas interpretan. No es de recibo que ante más de mil espectadores unos señores se pongan a discutir mientras la orquesta toca atrayendo la atención a una situación tan absurda como inverosímil.
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