
Y tiro porque me toca
ER lo que pasa en país ajeno es difícil porque lo quieras o no, acabas viendo el propio por contraste, y te enteras de poco, por no decir que no enteras de casi nada, sobre todo cuando tus informadores más que en contar son especialistas en extender cortinas de humo. ¿Qué pasa en la muy caótica ciudad de Bucarest? Que no son pocos los que darían lo que fuera por ser americanos con todas sus consecuencias y largarse para siempre, como otros se largan para ver de mejorar su suerte y regresar para dejar los ahorros en el ladrillo. Hay que ver las colas que se forman a diario en el consulado americano para pedir visados, permisos y mandangas. El rumano puede aportar al estilo de vida americano su legendaria industriosidad, no lo niego, pero también su temor cerval y su gusto por la policía y los cuerpos de seguridad nutridos por matones que tienen una larga experiencia en tratar al prójimo sin ninguna consideración. En Bucarest la matonería es a todas luces una industria de verdad boyante. Es la industria de nuestra época. Estamos a un paso de las policías privadas y de los cuerpos armados privados de alquiler. La Autoridad manda, y la arbitrariedad también. La derecha rumana sube y gana puestos en un país en el que una de las palabras que más a menudo se escuchan en las conversaciones es Mafia, y donde los contrastes entre lujo, comercio y vida cara, y vida azacaneada son algo más que llamativos. La derecha es la misma que se expande por todas partes, autoritaria, neoliberal, por supuesto, cómo no, amiga de graaandes libertades y derechos, y poco amiga de diferencias concretas, libertades y derechos ajenos, unificadora a la fuerza, ortodoxa, nacionalista, tal vez por eso hay alumnos universitarios que en las hojas de exámenes se presentan a sí mismos con el remoquete de "rumano ortodoxo" puesto detrás del nombre, para que no haya lugar equívocos y como seña y afirmación inequívoca de identidad. Una curiosa derecha y una más curiosa clase dirigente en cuyos miembros casi es mejor no investigar mucho no vaya a ser que al amparo de una ley reciente, aparezcan sus implicaciones en actividades de la Securitate, la todopoderosa policía secreta del régimen comunista, cuando menos como activos informadores. Del comunismo o de la era Ceaucescu aparentemente no queda nada, aunque su nombre salga de manera recurrente en las conversaciones. En la fachada de una fábrica cerrada, la Crinul de Nerva Traian, puede adivinarse una inscripción grandiosa de elogio al dictador fundador de esa ruina que no puede competir con Zara o con Versace. No han podido borrarla del todo. Las fábricas comunistas se cierran y dejan solares enormes con los que especular para construir sobre ellos. Los derribos masivos, con o sin la ayuda de terremotos, han convertido a Bucarest en un inmenso solar y en el paraíso de la especulación inmobiliaria. No hay rincón donde no se derribe y construya. ¿Cómo pasan las casas de ser insalubres a ser ruinosas y derribables de facto? Metiendo en ellas a gitanos o dejando que se metan y vivan a su modo, hasta que acaben con todo lo que sea susceptible de ser quemado, arrancado, vendido. Gente al margen, de verdad al margen, difícilmente asimilable por el sistema, gente que ahora se desplaza a su antojo por toda Europa. Hasta hace poco tenían asignada ubicación. Son los nuevos bárbaros, dedicados como aquí al rebusco de chatarras, aunque para obtenerlas haya que arrancar de cuajo instalaciones, lo que contribuye y mucho al descalabro general. Claro que no todos los gitanos son chatarreros, están los de la ropa barata, los calzados, los perfumes fraudulentos, los móviles; están los viven en los alrededores de Bucarest y acuden con sus hortalizas y sus hierbas al mercado de Obor, otro de los lugares que figuran en los recorridos turísticos de mandanga pura. Las casas expropiadas por los comunistas son recuperables, solo que las familias originales han desaparecido, son "familias extinguidas". Se hicieron humo. La historia está por contar. Las leyes de memoria histórica son imprescindibles. Hay un Bucarest que no viene en las guías, que no es el "pequeño París" de la propaganda turística, el de los Porsches y las motos de gran cilindrada que pasan por las avenidas. Es el Bucarest de los microbuses guarreras que se anuncian con un explícito e incitante "Directo hasta Roma", el de los bloques de hormigón y la carpintería metálica roñosa de Mihai Bravu o Stefan Cel Mare, el de los ancianos que vagan por las calles pidiendo o sin pedir. Ese, el de los microbuses, tiene que ser un viaje jugoso a juzgar por como regresan cubiertos de barro, llenos de gente baldada con sus bultos, sus paquetes. Rumanía es un país que muy a duras penas y a regañadientes ha admitido no ya su colaboración con los nazis, sino su participación directa en el Holacausto judío. De esa población judía han desaparecido en Bucarest barrios enteros, a los que se refieren con el eufemismo de "históricos", pero todavía quedan cuatro o cinco templos y sinagogas, una de ellas convertida en museo de la comunidad judía rumana, en lugares más o menos recónditos, inhóspitos, encerradas entre bloques colosales de viviendas o en lugares amenazados de derribo. Me cuentan que hubo calles muy populosas donde había hasta cinco casas de oración; calles en las que algunas edificaciones racionalistas, como las del arquitecto Marcel Iancu, fundador del dadaismo, había otras que todavía se distinguen por su pobreza que es su estilo. Las cifras de los muertos, los desaparecidos y los exiliados en Israel o en otras partes son demasiado importantes para no ser tenidas en cuenta y dan una idea del valor de aquella comunidad. Y algo muy importante: los archivos fotográficos. Aquellas fieras sacaban fotografías de las fechorías que cometían, seguras de su impunidad. De esto no se habla o se habla poco. Te lo cuenta la mujer que hace cincuenta años todavía oía a su madre y a sus tías hablar en ladino, el viejo castellano de Sefarad. Estas cosas no se enseñan. Se enseñan los casinos non stop, las putas, algunas bisericas de medio lujo, los comercios de las franquicias, los hoteles fortaleza, las casas de los muy ricos (de lejos), los escenarios por los que pasó la historia oficial; de la otra mejor no hablar, nunca. No es de buen tono. Y el tono, el gusto, ya sabemos.
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